Mostrando entradas con la etiqueta Phineas y Ferb. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Phineas y Ferb. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de abril de 2012

Fletcher

La cita era en un lugar público (un hotel) en un terreno neutro, aunque más cercano al nuestro. Teóricamente todo era correcto.


Pero sentía que había algo oculto, algo que no encajaba en todo el asunto.


El control secreto de mi padre sobre los tres estados se había extendido hasta ocupar gran parte de los Estados Unidos. Negociar con mafias, organizaciones truculentas o políticos en general se había convertido en algo cotidiano para mi. Entonces fue cuando a empezamos a escuchar hablar de esta organización. Muy selecta. Muy secreta. Muy poderosa.  Con base en Inglaterra pero extendidos por casi toda Europa y Asia. Y después de tratar de investigarlos por un año ellos han decidido ponerse en contacto con mi padre para hablar de "Intereses comunes".


Tras asegurar por tercera vez que no hay ninguna visible amenaza, entro en el hotel que han elegido. Inmediatamente agradezco el aire acondicionado, no estoy acostumbrada al calor agobiante de Florida. Una última ojeada al móvil, y sonrío ante el escueto mensaje de Ferb.

Ten cuidado y vuelve entera esta vez.

Odio que me consideren sentimental. Es una debilidad que no puedo permitirme. Y sin embargo, aunque no se lo diga, cada vez que vamos a separarnos intento que sea especial. Prescindo de mi armadura de borderías, dejo de esforzarme en mostrarme inmune a todo. Disfruto de cada una de sus caricias, de cada contacto, de cada beso.

Total, el ya me ha recompuesto una vez, literalmente hablando. Él sabe como soy mejor que nadie por mucho que quiera ocultarlo. Y aun así sigue a mi lado.

Me siento en una de las mesas, vigilando el entorno. Llego primera, tengo ventaja. Aún así no la veo venir.

-Tu debes de ser mi contacto, ¿me equivoco, querida?

Se ha situado estratégicamente a contra luz por lo que tengo que entrecerrar los ojos para distinguir sus rastros entre una aureola de pelo rubio. Es mayor, de la edad de mi padre. Aun así es atractiva. Sonríe, pero su sonrisa no llega a unos gélidos ojos esmeralda. Sus ojos me incomodan, es como si los hubiera visto antes.

-Así es, soy Violett

Sonríe. sus ojos me examinan fríos como los de una serpiente. Su pelo no es rubio, comprendo cuando mis ojos se adaptan a la luz, si no de un tono suave entre el verde y el amarillo.

-Charlene.-Extiende su mano. Vacía. Sin guantes. Siento un pequeño calambre al estrecharsela. -Charlene Fletcher.- Completa, ampliando su sonrisa.

Sus ojos: Esmeraldas y con la misma forma que los de él. El tono de su pelo. Siento pánico y quiero ponerme en pie de un salto pero las piernas no me responden.

Mi corazón golpea con fuerza mi pecho.

-Un placer conocerte al fin, Vanessa.

Y entonces todo se vvuelve negro.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Año nuevo

Todo iba bien. Nos habíamos infiltrado en las oficinas enemigas, teníamos la coartada perfecta y todo, absolutamente todo iba según el plan. Todo iba absolutamente bien hasta que, al  alzarme para desconectar un sensor de seguridad una náusea me hizo tambalearme, perder el equilibrio y activar la alarma.

-¡Vanessa!

-Estoy bien.- Respondo, irritada, antes de apoyarme en la pared a duras penas cuando las piernas se me doblan por una arcada.

Ferb tira de mí y al instante irrumpen los guardias. Corremos, escondiéndonos en las esquinas y moviéndonos tan sigilosamente como podemos.

-Están bloqueando la salida.

-¿Estás bien?

-Ya te he dicho que sí. ¿Tienes todo el equipo?- Él afirma con un gesto.-Entonces prepárate. Saltamos por la ventana.

Señalo con un gesto las ventanas de enfrente y él simplemente se prepara, con una fe en mi inquebrantable. No le importa que estemos en la planta de arriba de un rascacielos y que la caída sea mortal.

-Una, dos…

-¡Ahí están!

-¡Ahora!

Corremos en zigzag esquivando las balas. Me protejo el rostro con el brazo en el último momento antes de atravesar el cristal. 

Caemos.

Cómo si caer desde lo alto de un rascacielos fuese como ir al centro comercial a por leche apenas me inmuto, centrada en alcanzar el dispositivo de mi espalda, apuntar y lanzar el gancho que evitará que muera aplastada contra el asfalto.
Pero de nuevo fallo. Mi gancho rebota contra el tejado y pierdo mi último disparo.
El pánico apenas dura unos instantes. Ferb ha esperado antes de lanzar el suyo, y pasa un brazo por mi cintura, atrapándome al vuelo antes de hacerlo. Su cuerda se engancha sin problemas, y sólo entonces me permito soltar el aire atrapado en mis pulmones.


El aire silva enfurecido golpeando nuestra piel mientras caemos. Ferb me abraza contra él y me pregunto cómo es posible que después de tanto tiempo siga sintiendo un cosquilleo ante su contacto.

-¿Vas a decirme qué te pasa? Tú nunca fallas de esta manera.

El enemigo nos localiza, así que mientras Ferb regula nuestra caída con un brazo y me sujeta con el otro yo cojo el revolver del tobillo y disparo hasta vaciar el cargador, acertando en el hombro a nuestro primer atacante.

-No estoy segura. Puede que no sea nada pero… ¡Cúbrenos!

Él hace que nos detengamos bajo una cornisa en la que nos refugiamos mientras nos disparan.

-He contado tres, y otro en la ventana de la derecha. Puede que no sea nada, ¿pero?

-Cuando te lo diga, déjanos caer todo lo rápido que puedas. Tengo muy mal ángulo, es mejor que nos retiremos. –Cargo la pistola.-Y puede que no sea nada, pero tengo un retraso y llevo un par de mañanas con nauseas. ¡Ahora!

Siento vértigo en mi más inestable que nunca estómago. Escucho los disparos, pero estoy más pendiente de la forma en la que Ferb me mira.

-Y si resulta que es algo más que nada. ¿Qué hacemos?

-Si es algo más que nada yo me ocupo.

-No.

-¿Perdón?

Llegamos a la terraza de la fiesta. Sin perder el hilo de nuestra discusión doméstica, me quito las mayas negras quedándome con el vestido negro de gala mientras Ferb se quita el pasamontañas y se cambia la sudadera negra por una chaqueta.

-Creo que yo también tengo derecho a decidir sobre la vida de mi hijo.

-Oh, vamos Ferb, ¡no seas tan dramático!

-Vanessa, llevamos años juntos. Compartimos todo. ¡Estamos casados!

No dejamos de discutir mientras oculto el revolver. Él se acerca a mí para quitarme el antifaz.

-Nos casamos para despistarles y que dejaran de investigar sobre mí.

-Te pedí que te casaras conmigo y me dijiste que sí. ¡Deja de buscar excusas oficiales para todo!

Ferb deshace mi coleta acariciando mi pelo al dejarlo libre. Sacudo la cabeza para que pierda la forma y él me ordena el cabello mientras yo anudo su corbata.

-Sólo digo que yo no voy a renunciar a mi vida ahora mismo para dedicarme a preparar papillas, cambiar pañales y teñirme el pelo de rubio para ser la perfecta madre y ama de casa.

-¿Quién esta siendo dramática ahora? No tiene que ser así.

-¡Yo no pienso…!

-Es asunto de los dos.

-Es mi cuerpo. Yo decido.

-¿De verdad quieres jugar sucio?

-Es mi decisión. Olvida el tema.

Ferb me dedica esa mirada tan suya que significa que va a callarse, pero que no va a rendirse. Yo sigo mirándole firmemente a los ojos. No pienso ceder y él, cosa poco habitual en él, tampoco.

La puerta de la terraza se abre.

Aquí estás, Ferb! ¿Qué hacéis aquí? Lleváis mucho rato fuera y todos te están buscando. ¡Es el momento del discurso! –Phineas irrumpe, saludándome con un alegre: ¡Hola, Vanessa! Bonito vestido. ¿Llevas unos pantalones en la mano?-Mientras arrastra a su hermano del brazo.- ¡Vamos, todos esperan el discurso de año nuevo del presidente! Aunque al parecer todos están contentos contigo aunque siempre seas breve intenta hablar algo más de un minuto de tiempo. Después de todo, ¡eres el modelo a seguir de todo Estadounidense! Estamos todos muy orgullosos de ti, includo Candance…

Suspiro entrando tras ellos.

-¡Aquí, Vanessa! -Isabella me hace una seña desde la mesa de los invitados de honor.

Vuelvo a suspirar, esta vez evitando poner los ojos en blanco antes de sentarme junto a mi cuñada. Su vestido es tan rosa, tiene tanto vuelo y tanta purpurina que me hace pensar en un cupcake. Y de nuevo mi estómago se revuelve con naúseas.

-¡Debe de ser muy emocionante ser la primera dama!

-Es más emocionante saltar desde un rascacielos sin protección.

Suelta esa risita suya fingiendo que sé de lo que hablo y yo me sirvo una copa de vino mientras mi esposo sube al escenario. Y le dedico una sonrisa burlona mientras él intenta hablar pero los aplausos le cortan a cada dos palabras.

Por fin logra desear un feliz año nuevo a todos, dar las gracias, prometer que seguirá trabajando para mejorar nuestro país y por cada una de sus personas y cuando ya pienso que va a marcharse lanza una sonrisa a las cámaras.

-Y este año tengo otro motivo más para luchar por hacer de este un lugar mejor para vivir. Mi esposa acaba de comunicarme que esperamos un hijo.

No.

Le miro boquiabierta, sin poder asumir que lo esté haciendo público.

-¿De verdad? ¡Enhorabuena! Oh, voy a ser tía antes que madre…

Me parece detectar algo de envidia en la voz de Isabella. Yo consigo cerrar mi boca y esbozar una sonrisita que no me llega a los ojos. Ferb me dedica una amplia sonrisa triunfante.

-Así que, como futuro padre, prometo hacer todo lo posible para proteger y cuidar a mi chico, o mi chica. Así como proteger y cuidar a mi país.

Mantengo mi pequeña sonrisa y el fuego en la mirada mientras Ferb aguanta los aplausos y luego se dirige al asiento libre a mi lado y me da un beso en la sien.

-Eras tú la que querías jugar sucio, mi amor.

-No tienes idea de cuanto te odio en este momento.

-No tienes idea de cuanto te quiero, y cuanto te querré siempre.

A veces, me desarma tan fácilmente que me pregunto si me conoce mejor que yo misma. Y por mucho que lo intente retener, mi furia se desvanece. Así que antes de que lo haga del todo pongo mis condiciones.

-No pienso dejar mi trabajo: No pienso dejar de viajar ni perderme misiones. Ni cambiar pañales.

-Trato hecho.

Alguien le llama, así me besa, un beso que se me hace corto, antes de irse.

Ultima pequeña venganza.

-¡Eh, Fletcher!

Se gira para ver que necesito.

-Te quiero.

Vocalizo, sin llegar a decirlo en voz alta. Si fuera como Isabella, y se lo dijese cada vez que respiro no se quedaría descolocado, ni sonreiría torpemente, ni se chocaría con la mesa al volver a ponerse en marcha.

Me río entre dientes cuando se aleja aún confundido.

Y sonrío.

Porque el hecho de que no se lo recuerde a cada segundo no implica, en absoluto, que lo que siento por él sea tan grande que a duras penas me cabe en el pecho.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¿Dónde estás?

No esperaba seguir viva.
Debería estar dando gracias y apreciando cada momento, ¿verdad?
Al principio era un verdadero infierno. Cuando empezaba a recuperar la conciencia sentía cómo si mi cuerpo siguiese envuelto en llamas que me devoraban desgarrando mi piel. Quería gritar hasta perder la voz. Pero mis labios no respondían, y ni siquiera era capaz de morder los tubos que respiraban por mi o me alimentaban.
Era, y aún es tan insufrible que quería morir.
Entonces él me arrastra de nuevo a la oscuridad.
Sé que es él.
A veces, siento que daría mi alma por volver a verle.
Otras veces le maldigo por atarme a la vida. Me aterra pensar en como está mi cuerpo. No quiero vivir si no puedo moverme, si no puedo valerme por mi misma, si no puedo reconocerme en un espejo. Y lo sabes. Así que no me obligues a vivir en esas condiciones.
Poco a poco mi piel deja de arder. Y cada vez me noto más lúcida cuando estoy consciente.

Mi mundo es oscuro.
¿Estás ahí? ¡Háblame!
Sostén mi mano.
El sólo hecho de estar consciente me agota.
Así que duermo.
Duermo.

Odio sentirme tan débil.
Nunca he soportado que me vean como algo frágil. Eso me recuerda a cómo solía sentirme. Papá siempre ocupado con sus planes. Mamá con sus cosas. Yo sintiéndome diferente a los demás niños. Yo no era como ellos.
Y eso me hacía sentir…
Frágil.
No.
Me prometí que nunca volvería a sentirme así.

Recupero la consciencia. Poco a poco voy distinguiendo ruidos. El murmullo angustiado e interminable de mi padre suena en la distancia. Papá, lo siento. Esta vez no puedo calmarte.
¿Dónde estás tú?
¿Estaba equivocada? ¿Nunca has estado?
Te sentía…
Pero tal vez sólo necesitara creer que estabas conmigo. Siempre te he querido más de lo que podía reconocer. Siempre te he necesitado. Y tú siempre has estado en el momento justo. Para recogerme antes de que cayese. Para detener mi sangre cuando me herían. Para abrazarme cuando me sentía triste.
Y ahora te necesito más que nunca. Y por fin puedo reconocerlo. Así que por favor…
Por favor…
No me dejes.
El tiempo es abstracto.
Duermo.
Despierto.
Siento.
Escucho.
Duermo.
Pero nunca está tu voz.
Nunca.
Maldita sea, Fletcher. ¿Dónde estás? No me dejes.
Mi cuerpo esta cada vez más fuerte.
Mi mente, más quebradiza.

Se que es de día. Hay luz al otro lado de mis párpados.
Silencio.
Reúno fuerzas.
Abro los ojos.
Me siento como un recién nacido. La luz me ciega y soy incapaz de distinguir nada. No puedo enfocar. ¿Será así siempre? Siento pánico.
No veo. No te veo, pero reconozco la suavidad de tus labios cuando besas mi sien. Y quiero llorar de puro alivio. La máquina que marca mi pulso se acelera y acaricias mi pelo. Cierro los ojos, disfrutando del contacto cálido de tu piel.
No puedo hablar. Ni siquiera puedo enfocar la mirada, pero reúno todas mis fuerzas para regalarte una tenue sonrisa.

No es mucho, pero es todo lo que puedo darte.

Gracias.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Familia politica.

Abro los ojos al escuchar unos pasos acercarse a la habitación.

Años de dedicarme a ser agente del mal y espía me han preparado para esto.

Me desoriento. ¿Dónde estoy? ¿Y quien está tendido a mi lado?


Los pasos se acercan y mi corazón se acelera mientras me incorporo, hasta que él me acaricia los brazos.


-Tranquila.


-¿Ferb?


Y entonces lo recuerdo todo.


La misión de la noche anterior. La forma en la que Ferb y yo escapamos por los pelos a las tantas de la madrugada. El agente que me vió sin casco y que podría reconocerme. Y la coartada que me propuso Ferb si me iba con él a su casa. Nadie iba a dudar si él decía que habíamos pasado la noche juntos.


Así que habíamos llegado a su cuarto, riéndonos en silencio para no despertar a Phineas. Nos habíamos tendido juntos y entonces…


Bueno, tal vez no recordase todo. Pero era fácil deducir que el agotamiento había hecho que cayesemos dormidos inmediatamente.

Los pasos se detienen junto a la puerta y el picaporte gira. Gimo en un susurro. Es absurdo que arriesgue mi vida casi a diario pero que esta situación me supere. Pero me siento demasiado incómoda con la idea de enfrentarme a la sorpresa de la familia de Ferb.


Como si leyese mi mente, me abraza arropándome con la manta.


-Sólo finge estar dormida.


-¡Phineas, Ferb! ¿Habéis cogido mi pinta uñas rosa para alguno de vuestros inventos?


La voz de Candance es estridente como mínimo. Cierro los ojos, semiocultando mi rostro contra el pecho de Ferb. Me gusta sentir el latido de su corazón.


-¡Candance! ¡Vas a despertarla!


Tanto mi respiración como la de Ferb se detienen ante el comentario adormilado de su hermano. ¿Sabe que estoy aquí? ¿Estaba despierto cuando llegamos? Con el simple hecho de pensar esa posibilidad noto como toda la sangre se me sube al rostro.


-Un poco tarde, pero no pasa nada. ¡Conseguí la insignia de madrugar todos los sábados de un mes!


-Vaya, Isabella. Pensé que ya no te quedaban logros por conseguir.


-Hay nuevos retos cada día. ¡Sigue siendo emocionante seguir con las girl scoutt!


-¡Mola!


-¡Bueno! ¿Sabéis donde esta mi pinta uñas o no? ¡Jeremy va a llegar de un momento a otro y…!


-¡Buenos días chicos! ¡Buenos días Isabella! ¿Os apetecen tortitas?


Ahogo un suspiro contra el pecho de Ferb preguntándome mentalmente si puede entrar alguien más en el cuarto y cómo es posible que no hayan reparado en mí cuando unos pasos responden a ambas preguntas.


-Me voy al trabajo, cielo. ¡Chicos, no deis trabajo a vuestra madre! Vaya, Ferb, ¿Quién es tu amiga?


El silencio que sigue a la pregunta en tono casual del señor Fletcher me pesa como una losa. Me giro lentamente pestañeando para tratar de parecer medio dormida.


-Eh… Buenos días.


La sábana se resbala por mi espalda y Ferb la atrapa antes de que caiga del todo, pero lo bastante tarde para que sea evidente que estoy desnuda. Todo se detiene unos segundos imposiblemente largos en los que nadie se mueve. Clavo la mirada en el pijama fucsia e infantil de Isabella, lo que hace que me sienta aún peor. 


-Oh, no sabía que… ¡Me alegro hijo!


-Yo también estoy muy contenta, cielo.


Espera, ¿qué me he perdido? Atonita, mi mirada va de sus rostros sonrientes a Ferb que alza el pulgar en silencio.


-¡Ferb! ¡Tenías que habérmelo contado! ¿Por qué no lo has hecho? ¡Hablamos todo el tiempo!


-Oh, a algunas de mis amigas no les va a gustar… Vanesa ¿No eres un poco mayor para estar con Ferb?


-¡Para nada! Hacen una pareja fantástica.


-Estoy de acuerdo, cielo.


-¡Mamá! ¿Te has olvidado ya de mi pinta uñas o qué?


Poco a poco, y formando un escándalo, todos se van de la habitación y ¡por fin! puedo levantarme y buscar mi ropa por el suelo de la habitación. Ferb no se mueve, sólo sigue mis movimientos divertido. Creo que es el único que nota el rubor de mis mejillas.


Me giro furiosa.


-Recuérdame que nunca, NUNCA, volvamos a pasar una noche aquí. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

Zumo de arándanos.

Me despierto, molesta. Tengo calor. El bulto de mi tripa me oprime el estómago. Es difícil encontrar una postura cómoda. También tengo sed. Me revuelvo en la cama, de mal humor. Estoy cansada y quiero dormir, pero esto no me deja.

Ferb duerme a mi lado. Uno de sus brazos descansa sobre mi tripa abultada. Respira de forma regular, profundamente dormido. Su pelo, de un intenso color verde está revuelto es desordenados mechones. Sigo queriendo acariciar y besar cada milímetro de su piel, pero ahora mismo otra emoción es más predominante.

Llamémoslo envidia. Envidia porque el pueda dormir tranquilamente mientras que yo me despierto a cada cuarto de hora luchando por encontrar una postura que me permita respirar con tranquilidad. Envidia porque mientras profesionalmente el sigue en su mejor momento, llegando a alcanzar cosas que parecían imposibles, yo hace meses que no puedo participar en ninguna misión, e incluso me han obligado a descansar, renunciando a mi entrenamiento y sólo puedo organizar los planes desde la distancia. Nada físico. Podría morirme de aburrimiento. Envidia porque él no tiene que cargar con este peso extra todos los días. Envidia porque él sólo vive la parte bonita, sin sentir las náuseas, el calor, los antojos...

Así que esa misma envidia es la que me da fuerza para arrancarle despiadadamente de su sueño.

-Ferb...-Le empujo del hombro susurrando su nombre. Despierta pestañeando desconcertado.

-¿Estás bien?-Su tono de voz es de adormilada alarma. 

-Quiero un zumo.

Me mira unos instantes sin variar su expresión. Como si se preguntase si realmente he sido capaz de despertarlo sólo por eso. Trato de devolverle la mirada seria, preguntándome si podría llegar a odiarme por eso. Pero cuando al fin responde su voz no suena con rencor, ni siquiera resignada.

-¿De qué?-Como si fuera lo más normal y aceptable del mundo. Sonrío.

-Arándanos.

Ferb se inclina hacia mí para besar mi frente antes de levantarse bostezando. Clavo la vista en su espalda pálida y fibrosa, antes de reclinarme sobre las almohadas con una leve sonrisa. Le escucho trastear en la cocina antes de volver con un vaso en cada mano.

-Lo siento, no queda de arándanos. Traigo uno de frutas del bosque y un batido de fresa. ¿Te vale?

Pongo un mohín por respuesta. No hace falta más para que él se ponga una sudadera sobre el torso desnudo y busque en sus vaqueros las llaves del coche.

-Vuelvo enseguida.-Me promete, acariciando mi pelo antes de marcharse.

Suelto una risita. Una parte de mí se siente culpable, pero la otra la manda callar al recordarle lo injusto que es para las mujeres los embarazos. Thomas decide darme una patada, en protesta por como trato a su padre. Siseo acariciando mi tripa.

-Y tu no te quejes. Si no te movieras tanto todos podríamos dormir tranquilos.-Murmuro antes de tatarear una nana para que  se tranquiliza.

Pero, como me doy cuenta cuando Ferb me despierta al meterse en la cama, la que se queda dormida soy yo.

-Estás frío...-Murmuro, somnolienta. Él se retira.

-Perdona. No quería despertarte.

-Tengo calor.

Le abrazo, agradecida del contacto frío y refrescante de su piel. El corresponde a mi abrazo, una de sus manos recorre mi espalda y la otra mi vientre. Sus labios se posan en los míos.

-Te he dejado el zumo en tu mesilla. 

-Ya no lo quiero.

-Esta bien.-Contesta, simplemente. A veces pienso que es demasiado bueno para ser cierto.

Me apoyo en él, y al fin logro encontrar una posición cómoda, apoyada contra su cuerpo. Él bosteza, cansado.

-Descansa.-Susurra contra mi pelo.

-Te quiero, Ferb.

Noto como su respiración de congela unos instantes y casi siento como se estremece. No soy muy cariñosa. Nunca lo he sido. Me cuesta lo indecible decir un "te quiero". Y él lo sabe, lo comprende. Y sólo por eso los valora tanto.

Me estrecha con más fuerza entre sus brazos.

-Te quiero, Vanessa.

Y sólo cuando cierro los ojos vuelvo a sentir la imperiosa necesidad de beber algo dulce, fresco... Cómo el zumo de arándanos que descansa a una distancia que ahora me parece infranqueable, en la mesita de noche.