martes, 10 de enero de 2012

1

Hay algo que nunca debes pensar:

No puede ser peor.

Es como maldecirte a ti mismo.

Lo pensé cuando madre murió, y entonces padre cayó enfermo.

Lo pensé cuando padre estaba enfermo y entonces nuestra hermana pequeña enfermó también.

Lo pensé cuando ambos estaban al borde de la muerte, y entonces murieron.

Volví a pensarlo cuando Edward y yo llorábamos a nuestra familia, aguantando el hambre, y sin saber qué iba a ser de nosotros.

Y entonces el cambió. Y sí, nos salvó de morir de hambre. 

A cambio de venderme.

Al principio me convenció con palabras. Luego con golpes. Traía hombres a casa y ellos...

Nunca he soportado ser consciente de lo que me hacían.

Pero Edward empezó a ser avaricioso. No quería lo justo para sobrevivir. Dejé de ser su hermana a sus ojos para convertirme en su forma de ganar dinero, de vestir elegantemente, de pagarse el tabaco y otros lujos. Y ya no bastaba con que recibiera un hombre o dos durante las noches si no que yo tenía que ir a buscarlo, y recorrerme las frías calles londinenses vendiendo mi cuerpo y mi alma por él.


Y día a día, no soportaba convivir con lo que me había convertido. No podía seguir viviendo conmigo. Incluso si me condenaba al infierno yo no podía más. Simplemente no quería seguir viviendo.

Lo bueno de querer morir es que le pierdes el miedo a todo.

En las calles se respiraba el miedo. No era porque nos estuviesen matando, siempre desaparecía alguna de nosotras de vez en cuando. Era por lo que hacían con el cuerpo después de matarlas. O mientras las mataban.
En cualquier caso, yo nunca tenía mucho miedo, porque la mayoría de las veces las envidiaba.


Pero entonces sentía su presencia. Sentía sus ojos espiándome y sabía que yo sería la siguiente. Lo intuía de algún modo paranoico pero certero. Yo era la siguiente y lo que me perseguía tenía poco de humano.


Él me golpeó de nuevo antes de encerrarme en mi cuarto. Decía que no había ganado lo suficiente. Que era estúpida hasta para eso. Que siempre había sido una niña mimada, pero que mamá y papá ya no estaban para consentirme y tenía que trabajar para comer. 
-Ni siquiera es un trabajo. Es algo placentero.- Dijo con una sonrisa burlona y sentí ganas de vomitar.
No lo soportaba. No soportaba que volvieran a tocarme, que volvieran a besarme. No soportaba su olor, ni el peso de sus cuerpos contra el mío. Lloré, deseando que mis lágrimas fueran ácido que me deshiciese el rostro.


Y me dije que bastaba.


No tenía sentido seguir.


Me sentía tan vacía que me costaba creer que alguna vez hubiese tenido alma.


Esperé hasta oír como se marchaba, y entonces salí de mi cuarto. Podía haber cogido un cuchillo, pero preferí golpear mi reflejo en el cristal hasta coger una esquirla de cristal. La giré entre mis dedos. Brillaba. 


Y algo me dijo que me diera prisa porque él acababa de descubrir que estaba sola. Y lo que ese "alguien" me iba a hacer iba sería mucho más doloroso.


El cristal mordió con sus dientes afilados mi piel. Lágrimas de sangre empezaron a deslizarse, cálidas y silenciosas, mientras yo ahogaba gemidos. Dolía, pero no tanto como temía. Y reí casi aliviada de lo fácil que resultaba. ¿De verdad se acabaría todo tan fácilmente? ¿Por qué no lo había hecho antes?


Me tumbé sobre el frío suelo. Mi vista empezaba a nublarse. Suspiré.


Entonces llegó.


-¿Qué haces?


Su voz estaba furiosa. Mi visión demasiado borrosa para discernir algo en su rostro en sombras envuelto en una aureola de pelo oscuro. Me zarandeó. Gemí con desgana.


-¡No puedes matarte! ¡No es justo! ¿Sabes cuanto tiempo llevo estudiándote? ¿Sabes cuanto tiempo hace que eres mía?


Mi visión se aclaró lo suficiente para distinguir su mirada. Tenía ojos de depredador. Fríos y llameantes. Desde el primer momento supe que tarde o temprano me mataría.


-No vas a arrebatarme algo que es mío.- Gruñó, y cargó conmigo.-Morirás cuando YO quiera que mueras. Y no así. No tan fácil.


Protesté con un gemido, intentando deslizarme hacia la muerte, hacia la inconsciencia. Y casi lo consigo. Casi.


Nunca volví a tenerlo tan fácil



jueves, 5 de enero de 2012

Cadeau

Vivimos al margen del tiempo.

No hay calendario, ni meses, ni días. Sólo el otoño que arranca las hojas secas que luego el viento gélido del invierno barre; o el sol del verano brilla dorado sobre las flores que adornaban la primavera, nos recuerdan que el mundo sigue girando. Eso y el reloj que aún tienes la manía de llevar siempre encima, después de todo, te encanta recordarme que eres británico.

Llevo años sin que me importe ni siquiera el mes en que vivo, pero este es una excepción. Porque a veces temo acostumbrarme a verte a mi lado cada día y, poco a poco, dejar de valorarte. No quiero dejar de tener detalles contigo. No quiero dejar de demostrarte que te sigo queriendo con la misma fuerza  que el día que te besé por primera vez.

Hoy es tu cumpleaños, aunque posiblemente no lo sepas. Así que cuando te propongo un paseo por el bosque aceptas sin sospechar nada, y cuando te pido que llevemos ropa más cómoda de lo habitual por si queremos trepar a los árboles o correr entre la maleza ni siquiera te preguntas si hay alguna intención escondida.  Caminamos de la mano entre los árboles y el olor a musgo y niebla. Te tapo los ojos riendo al llegar al claro y tu te dejas conducir confiado. Y entonces, tras un beso en tu hombro, te dejo abrir los ojos.

-No es gran cosa pero... Es tu cumpleaños y quería hacer algo por ti.

No respondes, simplemente miras en silencio las dos escobas, la pequeña caja que hay entre ellas y la forma en la que ha cambiado el claro.

Tu silencio me asusta y entrelazo mis dedos nerviosa. Sólo espero no haber hecho algo mal, no haber despertado tus demonios. Estás de espaldas y no puedo ver tu expresión, así que cuando el silencio se vuelve demasiado pesado para que pueda seguir soportándolo continúo con voz débil.

-Siempre escuché que eras un gran buscador. Así que... Puede que no tenga sentido porque, bueno, yo no soy muy buena en esto. Y Quidditch jugado sólo con buscadores... Bueno, je sais que, en fin, il n'est... Perdón, que no tiene mucho sentido pero... Je voulais juste...

Te giras, y suspiro de alivio al ver tu sonrisa y la amenaza de lágrimas brillando en tus ojos. Me abrazas atrayéndome hacia ti para besarme con urgencia, dejándome sin aliento. 


Y como cada vez que lo haces, mi corazón se desboca, aleteando como un pájaro aleteando con desesperación en mi pecho. Tus brazos acarician mi nuca y rodean mi cintura y yo respondo torpemente al principio, confundida por el sabor dulce de tus labios moviéndose ávidos, aunque sin perder ni un ápice de suavidad, contra los míos.

-¿No eres muy buena, Wendy? Sólo intenta no ponérmelo demasiado fácil.-Sonríes de medio lado, irresistiblemente, sin deshacer aún nuestro abrazo. Río y te doy un beso fugaz antes de que finalmente nos separemos para nuestras escobas.

-He dicho que no soy muy buena. Eso no significa que se me de mal. Tal vez sólo me falte práctica.

-Quien pierda paga prenda. ¿De acuerdo, francesita?

-D'accord.

Y aunque me vaya a esforzar al máximo, no me importa lo más mínimo ganar o perder. Yo ya gano todo lo que puedo pedirle al mundo cada vez que me sonríes. Porque te quiero con todo mi ser.

A toujours.

domingo, 1 de enero de 2012

Alternative

Durante mucho tiempo, ella ni siquiera le interesó.

Era callada. Bonita, pero no llamativa. Poco interesante. Era algo que poseía. No era llamativa, ni divertida, ni inteligente. Una sombra silenciosa que se movía por la casa.

Pero con el tiempo empezó a ver más allá de esa apariencia neutra e insustancial y se dio cuenta de que era mucho más de lo que quería mostrar. No es que no opinase, es que nunca compartía su opinión. No es que fuese tonta, es que se guardaba sus pensamientos. Ella se escondía en un lugar inaccesible para él, más allá de su cuerpo. Y también comprendió entonces que lo que él siempre había dado por hecho, que ella era suya, no era cierto.

Y para alguien como él, acostumbrado a conseguir cuanto deseaba, eso era difícil de asumir.

Por eso la quería. Pero ella, esa criaturita frágil e inexpresiva como una muñeca, se convirtió en una especie de obsesión. Quería que fuese suya, como debía ser. Pero ella estaba lejos de sí misma. Y el podía besarla, golpearla, obligarla a hacer cualquier deseo o insultarla. Pero nada de eso hacía que ella fuese suya.
Y la besaba, la golpeaba, le mandaba hacer cualquier cosa absurda o humillante que pasase por su cabeza o la insultaba. Y ella sólo se dejaba hacer, obedeciendo en silencio. Pero, de algún modo, seguía siendo inaccesible. A salvo en algún lugar de su mente en el que él era incapaz de alcanzarla.
Y eso le quemaba por dentro.

¿Cómo puedes tener tres hijos con una mujer a la que no conoces?

¿Cómo puedes golpearla hasta que pierda el sentido y, sin embargo, sentir que ella siempre esta lejos?

Inalcanzable…

La reunión familiar transcurría como todos los años. Los hombres hablaban de negocios. Las mujeres, de cosas del hogar. Sus tres hijos alborotaban la casa, los dos niños peleando y destrozando el mobiliario, la niña chillando cada vez que no conseguía lo que quería. Ninguno de los dos se preocupaba por educarlos adecuadamente.

Ella salió de la casa, paseando por los jardines. Era una tarde fría y una lluvia tan fina que a penas era visible. Dejó que le calara la piel. Hacía tiempo que sabía que era incapaz de llorar. Se sentía vacía. Se sentía muerta.
“Al menos, no creo que tenga que esperar mucho antes de que él termine conmigo accidentalmente. Por supuesto, será un accidente. Él jamás se reconocerá a sí mismo que no es perfecto.”

-Hola, Deneb. ¿Estás bien?

Era algo tan prohibido que ni siquiera llegaría a reconocérselo a sí misma, pero sonrió levemente mientras se giraba hacia él. Su traje empezaba a mojarse, como el vestido de ella, y en sus ojos oscuros había algo muy dulce, muy cálido. Como en el tono de su voz, y en la simple forma de preguntar “¿estás bien?” en lugar de un impersonal “¿Cómo estás?”

Era algo imposible. Algo prohibido. Algo absurdo. Y sin embargo entrelazaron sus manos de forma tan natural como sí estuvieran hechas para encajar una entre la otra.

-Estoy bien.- Mintió. Y él no la creyó.

Y su mano siguió sujetando la suya, cálida y suave, bajo el abrazo de la lluvia.