miércoles, 10 de agosto de 2011

Rompiendo el viento.

Me encanta sentir como voy cortando el viento con mi rostro al bajar las cuestas en bicicleta. Y La sensación de mi pelo flotando como una estela detrás de mí.

Ya sé que debería llevar casco (de hecho es ilegal no llevarlo, ¿no?) y más como profesora, se supone que debo dar ejemplo. Y si hablase con mis niños les diría que tienen que llevarlo, pero con poca convicción. Porque el casco es algo que le quita magia, que entorpece mi vuelo sobre el asfalto.

Y se de sobra que es una estupidez, un riesgo innecesario. Que es esa sensación de libertad maravillosa pero por la que no merece la pena morir. Pero también es una de las pequeñas cosas que hace que merezca la pena estar viva.

Es como volar, deslizarse a contraviento silenciosa y suavemente. Olvidar todo y sólo dejarse envolver por esa momentánea libertad, fugaz e indómita.

martes, 9 de agosto de 2011

Jeux d'adultes

La mirada de Regulus solía ser inocente y oscura, melancólica a ratos, sobrecogedoramente tierna y cálida muchas de las veces que se encontraba con la de Deneb. Y así había sido desde siempre, desde las veces que iba a visitarles cuando eran niños. Pero ahora a veces la mirada de forma perturbadoramente intensa. Más oscura. Deneb casi podía sentir como recorría cada resquicio de su cuerpo.

Se estremecía. Le gustaba que la mirase así. También le asustaba que le gustase. Regulus seguía siendo un niño, un eterno niño para ella. Y estaban solos en ese refugio, a escondidas del mundo. No, no era una buena idea. Regulus era alguien a quien proteger, a quien cuidar. Era como… Se quedó pensativa. “¿Un hermano?” Desechó esa idea inmediatamente, sonrojándose un poco. No, desde que ella había vuelto a la casa tenían una relación más estrecha. Y esa vez si que tuvo que darse la vuelta a mirar por la ventana para que su primo no viese como sus mejillas se sonrojaban intensamente al recordar los besos que intercambiaban, a veces a escondidas a veces de forma más apasionada, dejando que sus cuerpos se abrazasen buscando unirse completamente con el otro. O esas noches en la que uno de los dos gritaban en sueños y el otro se colaba en su cuarto, y entre sus sábanas, y se abrazaban y acariciaban susurrándose frases dulces al oído hasta que volvían a lograr dormirse.

Kreacher se despidió de ellos y se fue. La noche estaba bien entrada, fría y el viento del norte ululaba contra las ventanas. Pero Deneb sentía que la mirada de Regulus seguía quemándola, despertando un fuego en su estómago que se extendía por todo su cuerpo. Ella bajó su mirada tragando saliva.

-Me subo ya a dormir, estoy cansada.-Aunque cansada no era la palabra, en absoluto.

-Subo contigo…

Deneb se sentía frágil al subir las escaleras a unos centímetros de él. Régulus sujetó su mano y ella sintió como se le ponía la piel de gallina. Se detuvieron frente al dormitorio de él.

-Buenas noches.

-Dulces sueños.-Respondió Deneb con una sonrisa vacilante. Se inclinó hacia él para besarle en la mejilla (sólo en la mejilla, había demasiada tensión entre ellos para besar sus suaves labios). Regulus sujetó su mandíbula con delicadeza y besó lentamente sus labios. A Deneb se le cortó la respiración. Los labios de él pasaron por su oído, se detuvieron en el lóbulo de su oreja y bajaron por el cuello mientras sus manos recorrían su cintura y su espalda. Jadeó, y perdió el control de su cuerpo. Se lanzó hacia él. Sus labios luchaban, besaban, atrapaban los del otro. Sus cuerpos se buscaban, sus manos recorrían en ávidas caricias el cuerpo del otro.

Sus dedos desabrocharon la camisa de Regulus por voluntad propia y la apartó hasta poder recorrer libremente su torso desnudo. Las manos de él la hacían arder, en caricias cada vez más atrevidas. La alzó en brazos para poder pegarla contra su cuerpo, que en ese momento parecía haber olvidado su habitual actitud aniñada y estaba preparado para jugar a juegos de mayores. Apoyó la espalda de Deneb contra la pared para descargar el peso y poder seguir explorando su cuerpo. Tironeó de su vestido hasta lograr quitárselo y lanzarlo al suelo. Hacía frío, pero Deneb sentía que ardía, toda su piel estaba erizada.

Regulus la alzó en brazos de nuevo para tenderla en la cama y liberarla de las prendas que le quedaban y por primera vez ambos se detuvieron, entre jadeos. Los ojos de Regulus recorrían cada resquicio de su cuerpo. Deneb cerró los ojos. Las mejillas le ardían y todo su cuerpo temblaba. Sentía que podría morir de vergüenza.

Entonces Regulus empezó a recorrer cada centímetro de su piel con sus labios. Deneb ahogó un gemido y se dejó llevar por las sensaciones que la envolvían, olvidando inmediatamente su pudor. Cuando de detuvo se inclinó sobre él, recorriendo su cuerpo con caricias, buscando sus labios con los suyos, librándose de la ropa que él aun llevaba.

Los dos se mecieron en un mar de caricias y besos, a veces tan intensos que les hacían gemir. Entonces él se colocó encima, entre sus piernas, mientras las manos de ella se perdían en su pelo. Sus ojos se encontraron con los de él: Oscuros, llameantes, solemnes…

Deneb gritó. Dolía, dolía aunque él se movía lentamente, besando su cuello. Dolía, pero al mismo tiempo que despertaba en ella una sensación que la aturdía, que la llenaba, que le hacía sentir un placer más intenso del que nunca había logrado imaginar. Se abrazó a él con fuerza, meciéndose con su movimiento, dejando que él la llenase como nadie lo había hecho.

Aumentó el ritmo. Seguía doliendo, pero cada vez menos, y era un dolor delirantemente placentero. Deneb besaba, mordía, y gritaba contra el hombro de su amante. Todo pareció desvanecerse por unos instantes y estaban sólos: Ella, él, llenándola en todos los sentidos, provocándole ese placer que jamás había soñado…

Jadearon, mientras el fuego volvía a convertirse en una cálida sensación en su pecho. Se abrazaron, sonriendo confusos. Se perdieron en la mirada de su amante hasta que quedaron dormidos en los brazos del otro. Volvían a ser dos niños agotados de jugar a juegos de mayores.

lunes, 8 de agosto de 2011

Le petit prince.

Francia.

La sola promesa del viaje hacía que los tres niños se emocionasen. Los mellizos empezaban a contar los días que faltaban desde que sus padres anunciaban la fecha. Y el día de salida Hydra incluso intentaba estarse quieta para que su madre recogiese se pelo negro en dos trenzas. Era el peinado que más tiempo le duraba, pero aún así siempre terminaba con mechones sueltos. Regulus, sin embargo miraba con aprensión como la manecilla del reloj se iba acercando inexorablemente al punto en el que ellos habían fijado para salir de viaje.

El mundo le asustaba incluso más que a Deneb, que aún conservaba un lazo de cariño con su país natal. Y más ahora que era conocido. Periodistas, aurores y simples curiosos trataban de molestarlos sin parar. En Nunca Jamás estaban a salvo, en Francia no tanto. A Londres hacía mucho tiempo que habían decidido no volver. Deneb sabía que si Regulus no ponía pegas para viajar era tan sólo por lo mucho que la quería, así que al servirle el desayuno le besó lentamente en la comisura de los labios (el punto límite para que sus hijos no empezaran a poner muecas).

-Merci…-Susurró, y logró arrancarle una sonrisa.

-¿Y podremos navegar por el Sena?-Preguntó Hydra.

-Creo que sí.-Respondió Regulus. Su voz calmada y grave era la opuesta a la aguda, veloz e inquisitiva voz de su hija.

-¿Y podremos jugar en los parques con otros niños?

-Supongo.

-¿Y podremos entrar en tiendas de magos? ¿Y ir a calles de magos?

-Ya veremos…

-¿Y comprarnos una lechuza? ¿Y ver veelas? –Deneb rió entre dientes mientras Hydra seguía acribillando con preguntas a un Regulus que respondía con una paciencia infinita. ¿Cómo había podido llegar a pensar que no sería un buen padre? Le puso dos zumos a los niños y se colocó detrás del aun adormilado Arcturus, peinando su pelo suave como la seda, identico al de su hermana y su padre. Arcturus esbozó una sonrisa casi imperceptible y cerró los ojos cuando su madre empezó a peinarle con suavidad. Era tan calmado como Regulus.

Los tres se parecían muchísimo físicamente, exceptuando los ojos claros de Hydra que parecían de fuego azul y muchas veces tenían la misma mirada enérgica y desafiante que Deneb recordaba de Sirius. Le preocupaba que su carácter fuera tan parecido al de su tío y al de Bellatrix. Por suerte Hydra también tenía otra cualidad que ninguno de ellos dos había poseído: un amor incondicional por su hermano. La única vez que Deneb recordaba haber visto llorar a la niña, a pesar de sus pataletas y las muchas caídas y golpes que se había dado, fue cuando Arcturus enfermó dos inviernos atrás.

Fue idea de Hydra escaparse y bañarse en el mar. Era pleno diciembre, pero cuando a ella se le metía una idea en la cabeza era imposible sacársela. Arcturus la siguió, como no. Por algún motivo, ella sólo cogió un resfriado y el niño enfermó mucho más gravemente. Ardía de fiebre, deliraba, temblaba…

Todos se asustaron temiendo lo peor. Las sombras se cernieron sobre su pequeño país en el límite del mundo. Regulus libró una batalla consigo mismo para no encerrarse físicamente, pero no pudo evitar quedar atrapado en algún punto de su alma, lejos de todo, aunque sin apartar la mirada del niño en ningún momento. Hydra tampoco abandonó la habitación de su hermano, llorando histéricamente. Gritándole que no fuera un estúpido y que se despertase. Pasando un infierno de culpa y terror. Deneb pasó días enteros sin dormir, mezclando frenéticamente ingredientes en sus pociones, luchando con todas sus fuerzas contra el agotamiento para encontrar la poción necesaria para salvar la vida de su hijo. Irónico que finalmente lograse dar con ella en la misma caldera en la que había hecho cientos de pociones para matar a ambos antes de que nacieran…

Se estremeció al recordar lo cerca que había estado de matarles. Acarició el cabello de su hijo con ternura.

-Terminar el desayuno, mes petits. Tengo que despertar a Eri.

Subió las escaleras escuchando las voces de las personas que más amaba en el mundo. Entró procurando no hacer ruido en su dormitorio. Al lado del tocador de madera negra estaba colocada la alta cuna que protegía al más pequeño de los Black en su sueño. Deneb se sentó en la silla que tenían al lado, cruzando los brazos sobre los barrotes de la cuna del pequeño y apoyando su barbilla en su antebrazo.

No se atrevió a despertarle. Eri, que aún no había cumplido un año y que parecía tener prisa en aprender a hablar, y se pasaba la mayor parte del tiempo balbuceando y riendo, estaba profundamente dormido. El sol le daba en su cabeza, haciendo que su pelo color paja pareciese dorado. Incluso durmiendo tenía un esbozo de sonrisa en la cara.

Deneb le observó en silencio, con una leve sonrisa. Eridani era el más parecido a ella, con el pelo claro, los ojos azules y sus rasgos tenían mucho de la parte de su familia francesa. Aunque es ese momento le pareciese un crimen, tenía que despertarle o se les haría tarde. Lo tomó en brazos y caminó meciéndole. Tatareó una nana mientras acariciaba su pelo, suave como plumón, su cuerpecito, sus pequeños brazos. Los parpados del niño se agitaron un par de veces antes de abrirse del todo y buscar los de su madre. Entonces sonrió soltando una risa balbuciente que contagió a Deneb.

-Bonjour, petit prince de la famille Black…

-Pensé que ese seguía siendo yo.-Regulus entró en el dormitorio y se puso al lado de Deneb, pasando un brazo por su cintura y acariciando con el dorso de la mano libre las mejillas del niño.

-Re-gu-lus; Petit roi. Tú eres mi rey, mon coeur, ma vie…Y siempre lo serás.