sábado, 6 de agosto de 2011

Reste avec moi.

Una semana más, un par de días más y ella lo hubiera hecho.

Había logrado darse cuenta de que era lo que debía hacer. Se había convencido a sí misma de que iba a beber esa poción y tan sólo estaba reuniendo fuerza de voluntad para hacerlo, para mantener apartado de su mente a ese fantasma de ojos oscuros y tristes mientras lo hacía. Pero cuando ya había tomado la decisión Regulus salió de su encierro. Se alegró de verle. Más que eso, necesitaba verle. Le necesitaba. Por primera vez en meses pudo abrazarle y dejar que la abrazase, sentir su calor, sentirse en parte aliviada…

Pero entonces, antes de que ella dijese que no tenía que preocuparse, que se iba a encargar ella de todo Regulus dijo que quería que pasase, que quería que la criatura incompleta que crecía dentro de ella se hiciese real.

-Me daba miedo, Deneb. Siento hacerte dejado sola. Sólo podía pensar que esto destrozaría nuestro mundo.- Su mano acarició el vientre hinchado de Deneb, que apartó la mirada; ella se sentía cada vez más incómoda en todos los sentidos de la palabra con ese bulto creciendo bajo su piel.-Pero no tiene porqué ser así. No ahora. Saben que sigo vivo, así que nos dejarán en paz. Será nuestro niño perdido. Y es nuestro, Deneb. Nuestro hijo, o nuestra hija. Tranquila, va a salir bien.

-Es un niño.-Contestó ella, sin la mínima duda, y entonces rompió a llorar. Suave, mansamente, como una fina lluvia que pilló a Regulus por sorpresa.-Pero yo voy a hacerle daño, Regulus. Soy como ella. Querré matarle. ¿Cómo vas a perdonarme entonces? ¿Cómo voy a perdonarme yo? ¡No podemos tenerlo porque intentaré matarle!

-Deneb…-Él volvió a abrazarla, ella siguió llorando contra su pecho.-Deneb, tú no le harías daño, serías incapaz.

-¿No?-Sollozó ella.-Ya he matado antes, ma vie. Ya he asesinado. Me parezco mucho a ella, cada vez más…

-No. No eres como tu madre. Te conozco, eres mi Wendy, y sé que no le harás daño. Confía en mí.

Regulus no comprendía, la quería demasiado para verla tal y como era en realidad. Pensó en hacerlo de todas formas, prefería que se enfadase a tener que mirarle a los ojos después de matar a su hijo “A Sirius. Pero un Sirius inocente y vulnerable que se parece dolorosamente a Regulus.”

Kreacher había cerrado su sala de las pociones. De nada sirvió el ataque de ansiedad de Deneb. Ni tampoco sus gritos, llantos y súplicas. El elfo se negó a abrirlo, obedeciendo el deseo silencioso de Regulus.

Regulus se convirtió en su sombra, velándola en cada momento. Deneb no sabía cuanto había de preocupación en su constante protección y cuanto de miedo a que ella pudiese hacer algo peligroso.

Posiblemente, de haber podido lo hubiese hecho.

Pensaba una y otra vez en todo lo que amaba, en todo lo que iba a perder: La risa ronroneante de Regulus; su rostro dormido bañado por la luz del amanecer, cuando se despertaba antes que él y lo observaba en silencio; todas esas veces que él la sorprendía con un beso inesperado… Porque él dejaría de quererla cuando ella matase a su hijo. Y eso era algo que sentía que no iba a poder evitar. Día a día, se transformaba en un reflejo de su madre. Ella también quiso vivir en Nunca Jamás. Ella también se quedó embarazada sin querer. Ella tampoco pudo soportarlo...

No podía hacer nada. No era capaz de evitar que la criatura siguiese creciendo dentro de ella. Así que hacía todo lo posible por mantener su mente alejada. Se dedicaba a cuidar del jardín con más esmero que nunca, a preparar tantas recetas que Kreacher tenía que tirar la mayor parte. A ordenar y desordenar compulsivamente los armarios… Hasta que su vientre se abultó tanto que le impedía moverse bien. Caminar, comer, e incluso respirar suponían un pequeño esfuerzo para Deneb.

No soportaba verse reflejada en los espejos. No soportaba ser consciente de cómo estaba cambiando su cuerpo. No soportaba que Regulus la viese así. Era algo casi estúpido, y lo sabía, pero al fin y al cabo era una Black, y el orgullo era algo que llevaban en la sangre. Por suerte, ese enero estaba resultando frío, y tenía excusa para cubrirse con ropa holgada, sin forma.

Deneb tenía miedo. Era casi un terror resignado. La cuenta atrás se le antojaba como la de un condenado a muerte. Cada día trataba de aislarse más en sí misma. Cada noche le resultaba más difícil dormir. Sólo por las noches dejase que él la abrazase y se acurrucaba entre sus brazos temblando. Sólo al amparo de las sombras dejaba que él entreviese su angustia. Le susurraba que no podía ser, que ella no podría ser madre. Pero él no lo comprendía, y pasaba horas tratando de consolarla hasta que ella caía en un sueño inquieto.

Era una mañana fría de invierno. El cielo parecía un espejo de hielo, de un azul gélido, casi blanco. Deneb miraba sin ver el jardín desde los ventanales del salón cuando un intenso latigazo de dolor recorrió todo su cuerpo, perforando su columna y haciendo que soltase un grito ahogado.

Sabía lo que significaba, y también lo sabía Regulus, que estaba al instante a su lado, sujetándola a tiempo ya que sus piernas amenazaban con fallarle, con una mano en torno a su cadera y otra sujetando su mano. Regulus tenía expresión asustada en su rostro eternamente juvenil, pero también decidido. Los ojos de Deneb centelleaban pánico.

-Va a salir bien, ¿de acuerdo, Deneb? Te lo prometo.

-Sólo prométeme que no me vas a dejar sola.-Gimió ella. Regulus besó su frente.

-Te prometo que no voy a soltar tu mano.

viernes, 5 de agosto de 2011

Neverland

Deneb se sorprendió escuchándose cantar una cancioncilla alegre.

Lo maravilloso de descubrirte cantando así es darte cuenta de que eres feliz. Aun le quedaba un rato para terminar la cena. “¡Pescado!” Protestaría Hydra con una mueca de asco. Sólo tenía 7 años y ya tenía más experiencia en protestar y desobedecer que sus dos padres juntos durante toda su vida.

No quiero pensar en cómo va a ser a los quince” Pensó Deneb, y a continuación: “No quiero que cumpla quince.”

Enmudeció al instante. Se quedó petrificada en medio del movimiento. Odiaba esos pensamientos. Odiaba desear esas cosas. Odiaba seguir pareciéndose a Camille. Le asustaba. Porque ella podía hacer que nunca creciesen, que se quedasen atrapados en esos cuerpecitos. Porque había estado muy cerca de condenarles.

“Nunca más. Se lo prometí a él, y a mi misma. Nunca más.”

Volvió a ponerse en marcha, colocando el pastel de frutos del bosque en la repisa de la ventana. La brisa del mar le trajo el sonido de risas. Cerró los ojos, sonriendo levemente. Podía distinguir cada una de ellas: Aguda e irregular de Hydra; suave, a borbotones e inocente de Arcturus; traviesa y aún muy infantil de Eridani; y la risa grave, ronroneante libre y conmovedoramente despreocupada de Regulus.

Deneb sabía que tenía una sonrisa tonta, pero le daba lo mismo. No había sonido más maravilloso que ese coro de risas mezclado con el sonido del mar.

-Señora, ¿puedo terminar la cena? La casa esta limpia y ordenada, no tengo nada mejor que hacer.

Deneb había perdido la cuenta de las veces que se había preguntado que sería de ellos sin Kreacher. Asintió agradecida. Salió por el porche limpiando sus manos en el delantal y rodeó la casa siguiendo el musical sonido de las risas, como si fuese un camino invisible de migas de pan. El sol pintaba de fuego el horizonte. Regulus y los niños tenían briznas de hierba en los cabellos y la ropa. Regulus daba vueltas en volandas a los dos mayores y luego los lanzaba. Había usado algún hechizo ya que ellos caían suavemente, como plumas, se reían tirados en la hierba y volvían corriendo pidiendo más. El pequeño Eri, en hombros de su padre, tenía una sonrisa desafiante y orgullosa por aguantar sin caerse cuando él daba vueltas. Hydra corría con las mejillas rojas y (Deneb suspiró) el vestido roto ondeando tras ella. Arcturus tenía también las mejillas encendidas y la miró con sus grandes ojos oscuros brillando como estrellas de azabache.

-¡Mamá!

-¿Mamá?-Regulus se giró hacia ella con mirada juguetona. -¡Las madres están prohibidas en Nunca Jamás! Nos obligan a hacer la cama y a comer cosas asquerosas, como repollo y pescado.

Deneb puso los ojos en blanco.

-¡Regulus!-Protestó.

-¿Regulus? ¿Habéis oido? ¡Decirle quien soy yo!

-¡El capitán Peter Pan!-Chillaron los tres niños al mismo tiempo.

-¡Vuestro capitán os ordena que capturéis a la que pretende ser una madre!

Los tres niños se lanzaron sobre ella gritando y riendo. Deneb se resistió un poco antes de dejar que la tirasen.

-¡Basta, basta! ¡No soy una madre, soy Wendy!

-¿Creéis que dice la verdad, mis valientes niños perdidos?

Arctutus asintió, Hydra negó y Eridani esperó a ver que hacían sus hermanos, y al no estar de acuerdo entre ellos escogió encogerse de hombros.

-¡Es cierto, soy Wendy!-Protestó Deneb, fingiendo estar enfadada.

-Demuéstralo.-Susurró Regulus entrecerrando los ojos, con una sonrisa irresistible.

-Bueno, yo… Yo tengo el dedal de Wendy, que sólo ella puede tener.

-¿Si? Enséñamelo.-Regulus se inclinó sobre ella. Sus ojos brillaban. Oscuros, alegres, soñadores, tierno. Deneb se incorporó, pasó su mano por su nuca y se alzó hasta que sus labios se encontraron.

Escuchó unos “¡Puag!” a su lado, y notó como los labios de Régulus se estiraban en una sonrisa. Él se separó un momento, acariciando sus mejillas antes de inclinarse sobre ella y volver a besarla.

-Creo que es mejor que sigas guardando el dedal, Wendy. Podría volver a confundirte en cualquier momento...

miércoles, 3 de agosto de 2011

Mère,

Nunca te he escrito, lo sé. Ni siquiera se me ha pasado nunca por la cabeza, pero ahora me siento tan perdida y tan sola… Y necesito contarte esto a tí, precisamente a ti, porque creo que eres la única que podría entenderme.

Me da miedo ser como tú. Muchísimo miedo. Ya se que la mayoría de las niñas sueñan ser como sus madres, pero “madre” es una palabra que yo desearía no haber conocido nunca. Cada vez que aparece trae consigo problemas. Miedo y oscuridad. (Abuela es mucho más dulce. Ahora más que nunca me gustaría poder contar con la abuela Aurore, ella es el recuerdo más cálido de mi infancia. Pero ella se fue y yo necesito escribirte a ti.)

¿Qué hago, Camille? Vago a la deriva en un mar agitado de dudas y miedo. Y estoy sola: Él está encerrado. Lleva tanto tiempo sin querer verme como cuando murió Sirius. Le echo tanto de menos que a veces me falta el aire, que a veces quiero ponerme a chillar. Y menos mal que esta Kreacher, el bendito elfo doméstico. Porque hay días que estoy tan asustada que no recuerdo ni el hechizo más simple ni la receta más básica, y me quedo horas sentada en cualquier rincón con la mirada perdida.

¿Tú crees que Regulus me odia por esto? Yo no quería, tiene que saber que yo no quería que pasase esto. Soy consciente de que soy culpable; debería haber sido más lista, más precavida, no dejar que pasara. Pero ha pasado y no se qué hacer.

Y soy aún más culpable porque realmente podría “remediarlo.” Quiero decir, conozco de sobra varias pociones que harían que esto desapareciera. He debido de hacer cada una de ellas más de cien veces. Me paso días enteros haciendo una y otra vez la misma poción para tirarla luego con el estómago revuelto y ganas de llorar. Pero es que (e incluso tú vas a pensar que estoy loca) ¡le he visto, Camille! Le he visto entre sueños, es un niño y se parece tanto a Regulus que casi parece sacado de mis recuerdos, pero tiene algo mío también. Y sus grandes ojos oscuros son al mismo tiempo inocentes y acusadores. Sabe lo que he estado a punto de hacer cientos de veces, lo que creo que terminaré haciendo. Pero al recordarle soy incapaz, se parece tanto a él…

Que irónico, ¿verdad? He matado antes. A personas de verdad. A cinco, dos de ellas totalmente inocentes. Pude mirarles a los ojos y acabar con sus vidas, pero no puedo matar algo que aún no existe porque su fantasma me mira con ojos tristes y acusadores.

Aun así creo que tengo que hacerlo, Camille. Porque echo de menos a Regulus con cada trocito de mi alma, necesito que vuelva a estar a mi lado. Y, sobretodo, porque mientras esto crece dentro de mí, convirtiéndome en una criatura deforme e hinchada (sí, lo se, el físico es lo de menos, pero no puedo evitar que me disguste cada vez más mi reflejo. Lo único bueno del aislamiento de Regulus es que no esta viendo cómo me estoy transformando en algo enorme y desproporcionado.), mientras más real se hace, más veces empiezan a corretear por mi mente pensamientos parecidos a los que tú debiste escuchar conmigo. Pensamientos como que no puedo seguir viviendo en Nunca Jamás si sigo con esto, que no quiero crecer del todo y "eso" me esta obligando a hacerlo. Empiezo a parecerme a ti, Camille, y eso me aterra más que nada.

Así que creo que tengo que hacerlo, tengo que beberme una de esas pociones en vez de tirarlas, porque de todas formas voy a terminar haciendo daño a ese niño de grandes ojos oscuros, aunque él no pueda entenderlo.

No se si puedo. ¡Me siento tan sola! Dolorosamente sola y perdida.

A veces, cuando me pongo firme y estoy a punto de beberlo de una voz por todas, una vocecilla en mi cabeza me susurra que se llamará Sirius. Y aunque odie ese nombre esa voz me desarma, porque ya tiene nombre. Y tiro la poción contra el suelo y lloro, mientras que noto a Sirius moverse dentro de mí. No quiero hacerle daño, Camille. No puedo. ¡Es tan condenadamente parecido a Regulus!

Pero tengo que hacerlo, ¿verdad? Porque nos parecemos mucho (me detesto por ello). Pero yo estoy un poco más cuerda y yo conseguiría matarlo. Y Regulus me quiere más de lo que Padre te quería y no lograría impedirlo. Mejor ahora, ¿verdad, Camille? No quiero, de verdad que no quiero. ¿Podrá perdonarme? No quiero. Pero no tengo más opciones. Debo hacerlo, ¿verdad, Camille?

Deneb.